"La joya de Tenochtitlán, EL TEMPLO MAYOR".

217 Historia NGEl 8 de noviembre de 1519, Hernán Cortés y sus hombres pisaron Tenochtitlán por primera vez. Admirados por la grandeza y la buena disposición de la ciudad, no escatimaron elogios a la hora de describirla. Pero hubo un edificio que llamó su atención más que ningún otro: el imponente Templo Mayor. El propio Hernán Cortés, en su segunda Carta de Relación, señalaba que, a pesar del gran número de templos que había en la ciudad, «hay uno que es el principal, que no hay lengua humana que sepa explicar la grandeza y particularidades de él». Unas décadas más tarde, el cronista Diego Durán recordaría cómo el Templo Mayor tenía un patio propio, con una cerca de serpientes labradas en piedra, en la cumbre dos adoratorios encalados y decorados con frisos negros y rojos que desde abajo lucían extrañamente y, rematando éstos, «unas almenas muy galanas labradas a manera de caracoles [...], que era cosa deleitosa verlos y hermoseaba la ciudad».
Durante el asedio de Tenochtitlán por parte de los españoles, el Templo Mayor resultó malherido por los cañones que Cortés empleó para rendir la ciudad. Tras la caída de la capital azteca, el edificio no fue derruido inmediatamente, pues las fuentes confirman que en 1524 todavía estaba en pie. Sin embargo, la construcción de la nueva ciudad de México se hizo con materiales de edificios preexistentes, de modo que, poco a poco, los templos y otras dependencias del antiguo centro ceremonial azteca, entre ellos el Templo Mayor, cedieron sus piedras a las 68 iglesias que se construyeron en los antiguos términos de Tenochtitlán y Tlatelolco, así como a las innumerables casas e inmuebles levantados en el centro de la ciudad.

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